lunes, 14 de julio de 2008

Último Capítulo

Y así es como termina esta historia. El resto ya lo conocen; vivimos un período de paz y prosperidad a nivel mundial, como nunca antes se había conocido a lo largo de la historia del hombre. ¿Cuánto durará? Pues ya saben la respuesta: sólo depende de nosotros.
A Santiago no he vuelto a verlo desde aquel día. Siguió apareciendo por los medios de comunicación durante algunos años más; siempre resolviendo conflictos o reuniéndose con algunos jefes de Estado. Poco a poco se fue dejando de ver, hasta que, un buen día, no volvió a hacerlo. Su presencia ya no era necesaria, aunque todo el mundo sabía que estaba ahí, cuidándonos, vigilándonos; con eso era suficiente.
¿Volverá en un futuro cuando la humanidad lo necesite de nuevo? Eso nadie lo sabe. Y mucho me temo que , tarde o temprano, volveremos a necesitarlo; el ser humano no tiene remedio. No existe otra criatura en el mundo capaz de ser tan buena y tan mala al mismo tiempo. Capaz de sentir compasión y ser solidario con un desconocido, como de matar a su propio hermano. Así somos, nos guste o no.
Con respecto a mí, no crean que me he metido a monje ni nada por el estilo. He descubierto algo maravilloso: a pesar de saber a ciencia cierta que existe un Ser superior, que nos creó y que vela por todos nosotros, mi vida sigue siendo prácticamente igual que antes; sigo escribiendo el mismo tipo de libros, teniendo los mismos amigos, viviendo en la misma casa, comiendo en los mismos restaurantes y, sobretodo, desayunando los domingos en la misma cafetería; quién sabe, igual algún día se acerque por allí algún viejo amigo al que hace tiempo que no veo pero que no hay un solo día que no lo recuerde.
Como les decía, lo más maravilloso que le puede pasar a una persona, es seguir siendo la misma después de haber pasado por todo lo que les acabo de relatar. Recuérdelo, si cuando esté leyendo esto en la tranquilidad de su hogar, nota que en el exterior las cosas ya no funcionan como a usted le gustaría, percibe un ligero olor a podredumbre colándose por la ventana entreabierta o el ruido proveniente de la calle comienza a ser algo más molesto de lo habitual, aléjese de las multitudes, refúgiese en su casa si es necesario, no siga la corriente, no tema porque le llamen «bicho raro», busque la compañía de los que son como usted y, si no los encuentra, recuerde que más vale sólo que mal acompañado. Si termina acabando en el lado podrido de la manzana, dejará de tener voluntad propia, dejará de ser usted para convertirse en un engranaje más de una gran maquinaria que arrasa con todo a su paso y a la que nadie controla. Sólo existe una forma de parar a esa máquina: destruyéndola, y con ella, a todo el que forme parte de la misma. Cuando llegue ese momento (que llegará), procure estar fuera.

Por cierto, seguro que a estas alturas, muchos de ustedes se estarán preguntando qué fue de Irene. Sé que no les incumbe, y que nada tiene que ver con nuestra historia, pero también soy consciente de que eso es lo único que les interesa a muchos, así que seré complaciente y les diré lo que ocurrió.
Tuvimos una bonita relación durante unos años, de esas de las que a mí me gustan; es decir «te quiero mucho, te amaré toda la vida, ha sido maravilloso cariño, pero ahora vete y déjame escribir». Como comprenderán, con semejante filosofía no hay mujer que me aguante durante mucho tiempo, y, como decía Santiago, nada es eterno. Pero no crean que sigo así; con el paso de los años he madurado y he aprendido a ser más dichoso. Tengo muy presentes las palabras del escocés Thomas Chalmers: “La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar”.


Fin

“El verdadero tesoro del hombre es el tesoro de sus errores, la larga experiencia vital decantada gota a gota en milenios.”
Ortega y Gasset.

miércoles, 9 de julio de 2008

Capítulo Veintiuno

Si esta historia terminase aquí, sería algo decepcionante, ¿no creen? Qué pensarían todos esos miles, o millones, de personas creyentes cuando leyesen que ese ser supremo y omnipotente al que adoran como su único Dios resulta que es un simple mortal (lo de «simple» lo dirán ellos, claro).
Al principio les conté que hacía unos veinte años que no tenía noticias de Santiago. La última visita que me hizo fue precisamente cinco años después, aproximadamente, del comienzo de todo esto. En ese momento, el mundo ya había dado el vuelco de ciento ochenta grados que pretendía él con su plan. Por aquel entonces, su presencia en los distintos noticiarios se había reducido considerablemente; apenas hacía un par o tres de apariciones al mes, y casi siempre resolviendo conflictos con grupos armados que todavía existían en algunos lugares remotos del mundo.
Así fue hasta cierto día, cuando desapareció sin dejar rastro alguno. Según me comentó Irene, ninguno de sus colaboradores habituales fueron capaces de localizarlo por los medios que solían hacerlo. Todos estábamos muy preocupados ya que su presencia aún resultaba imprescindible para el mantenimiento de esta nueva organización mundial.
Un buen día, sin previo aviso, llamó a mi puerta. Ya se pueden imaginar la sorpresa que me llevé. Venía sólo, y en un principio, apenas le reconocí; después de tanto tiempo, la imagen que yo tenía de él era la misma que tenía todo el mundo, o sea, la que aparecía por televisión. En cuanto le vi sonreír me vino a la mente los momentos que habíamos pasado juntos hacía casi cinco años, escribiendo discursos y discutiendo sobre el devenir del ser humano en la historia del mundo. Me supuso una inmensa alegría el volver a verlo.
Por un momento pensé que vendría para decirme que ya podía empezar a escribir el libro que me comentó el primer día que nos conocimos. Pero no fue ese el motivo. Muy al contrario, me advirtió que lo del libro tendría que esperar unos años (aunque nunca creí que tantos).
El auténtico motivo de su visita fue lo más sorprendente e inesperado que nadie podía imaginar.
–¿Qué tal te encuentras Pablo? –me preguntó cuando nos sentamos.
–Pues ya lo sabes –le contesté–; muy preocupado por ti, al igual que todos. ¿Cómo se te ocurre desaparecer de esa manera en un momento tan crítico como éste, sin avisar a nadie? Muchos ya temían lo peor, que no volverías.
–Siento mucho haberos causado tanta alarma –dijo con mucha calma–; necesitaba un período de reflexión.
–Comprendo que puedas estar cansado, pero deberías habernos comentado algo. Todavía eres demasiado valioso como para que podamos prescindir de ti. Tu plan está resultando demasiado bien como para echarlo todo a perder ahora; sería una lástima.
–Lo sé, pero créeme, el momento no lo he elegido yo; lo han hecho por mí.
Inmediatamente presentí que algo nuevo había ocurrido. Cuando me pude fijar bien, comprobé que Santiago no era el mismo que yo recordaba. Algo había cambiado en él; no podía decir exactamente el qué. Su aspecto y su voz parecían a simple vista igual que siempre, pero no su mirada ni su carácter; se encontraba como más ensimismado, más serio de lo que en él era habitual.
No tenía ni idea de lo que podía ser, pero tengo que reconocer que en ese momento me sentí inquieto y, por qué no decirlo, también un poco temeroso de lo que ello pudiera suponer.
–¿De qué se trata? –acerté a preguntarle–. ¿Algo grave?
–Tranquilo, no es nada que deba preocuparnos –respondió intentando disimular su estado de ánimo–. Todo va a continuar tal y como lo teníamos dispuesto.
–Me alegro de escuchar eso; por un momento temí que hubiera ocurrido algo grave. Espero que tú estés bien.
–Estoy bien, pero ya te contaré; todo a su tiempo. Primero cuéntame tú a mí lo que opinas sobre lo que está ocurriendo en el mundo. Reconozco que últimamente ando un poco perdido.
–Pues a mi parecer, estamos viviendo un momento de cambio muy delicado, en lo que respecta al plan que trazaste. Las reformas que impusiste en los distintos gobiernos están empezando ahora a dar sus frutos, pero pienso que todavía es un poco pronto como para hacer balances concienzudos.
»Hay resultados que sí que saltan a la vista, como por ejemplo la seguridad, sobretodo en aquellos países que antes eran más conflictivos e inseguros. También en los países pobres se están notando considerablemente los cambios, para mejor, por supuesto. Básicamente, esas eran las primeras pretensiones de tu proyecto, así que considero que podemos darnos por satisfechos.
»En lo que respecta a los países más ricos, los de Europa y Norteamérica sobretodo, ya sabes que la situación está un poco más revuelta, pero creo que es cuestión de tiempo el que se normalice. De momento ya se han implantado casi por completo los distintos sistemas educativos que propusiste; supongo que habrá que esperar para ver los resultados.
–Y qué me dices de la gente, ¿tú crees que están por la labor? A veces me pregunto si no me habré excedido un poco en mi papel.
–No creo que tengas por qué preocuparte –le contesté–, la mayoría de la gente está encantada; me refiero a la gente sencilla, trabajadora, que, al fin y al cabo, son las únicas que deben preocuparnos. Además, has conseguido convencer a casi todo el mundo de que en verdad eres un auténtico enviado de Dios, por no decir Dios mismo; reconozco que eso es mucho más de lo que yo esperaba. Ya sabes que yo al principio dudaba de que fueras capaz de conseguir ni la mitad de lo que has conseguido ya; y esto es sólo el principio.
–Sí, lo cierto es que ni yo mismo pude imaginar que saliera todo tan bien como está saliendo. Espero que la población sea capaz de realizar el esfuerzo y el sacrificio necesario como para estabilizar y mantener la situación al menos durante unas cuantas décadas más.
»Estoy seguro de que estarás ansioso por conocer el motivo de mi visita, ¿verdad? –me preguntó de repente–. Ya has intuido que me ha ocurrido algo.
–Pues ya que lo dices, sí –respondí con toda la seriedad que me fue posible–. La verdad es que me tienes muy intrigado.
–Y tienes motivos para estarlo. He venido para relatarte lo que seguramente será el último capítulo del libro que te pedí que escribieras. Escucha con atención porque lo que me ocurrió hace ahora unos dos meses no es fácil de creer ni siquiera para mí.
–Soy todo oídos –le dije nervioso. No podía ni imaginar de qué se trataba.
–Como te he dicho, fue hace un par de meses; justo antes de que desapareciese. Era de noche; me encontraba descansando en un pequeño hotel a las afueras de Grozni en Chechenia; algunas horas antes había desarticulado el que, espero que fuera el último comando insurgente chechenio que surgieron en busca de venganza por los años de represión sufridos.
»No sabría decirte si estaba dormido o no; el caso es que al poco tiempo de acostarme algo me sobresaltó de repente. Fue como un estallido en el interior de mi cabeza; al mismo tiempo, la minúscula habitación se iluminó por completo con una luz cegadora que no se sabía de donde provenía. Nunca antes me había sentido tan asustado. Yo estoy acostumbrado a controlar todas las situaciones que se me presentan, pero aquello se escapaba a mi control; no tenía ni idea de lo que estaba pasando. Además, estaba como paralizado, apenas podía moverme. Pensé en la cantidad de personas a las que yo les había hecho eso mismo, y comprobé lo que se sentía. Reconozco que no me gustó nada, me sentí frágil, dominado, a merced de lo que quisieran hacer conmigo; una situación bastante incomoda y humillante.
»Cuando todavía no había salido de mi asombro, oí su voz. Era una voz sin una procedencia determinada; sonaba en mi mente pero, al mismo tiempo, también en toda la habitación. Me rodeaba, me envolvía, igual que la luz, inundaba todo el espacio como si fuera el propio aire. Sonaba grave pero sin ser estridente ni molesta, más bien todo lo contrario, era armoniosa y reflejaba serenidad. Me dijo lo siguiente:
»–Santiago, ¿de qué te sorprendes? No tienes nada que temer. Ya sabes quien soy, me conoces y me esperabas.
»–No te conozco, ¿quién eres? –me atreví a preguntarle muy asustado.
»–Ya lo sabes, soy la respuesta a todas tus preguntas. Yo soy tu luz, el que guía tus pasos. Mi misión es tu misión. Tu vida es mi razón de ser. Sin ti, yo no existiría, al igual que tú sin mí. No soy el objeto de tu búsqueda, pero sí el camino. Nuestros destinos están unidos; ambos se escribieron hace muchos eones, antes de que se crease el día y la noche. No pertenecemos a este mundo, pero este mundo sí que nos pertenece a nosotros.
»–Y yo, ¿quién soy yo? –volví a preguntarle.
»–Tú eres la respuesta a todas las preguntas que siempre se ha hecho la humanidad, en todos los tiempos, en todos los lugares, en todas las circunstancias. Desde que el hombre tiene uso de razón hemos estado con él, acompañándolo. Ha llegado la hora de abandonar esa compañía para convertirnos en su guía; ese será nuestro cometido a partir de ahora.
»–¿Acaso eres Dios y yo tu profeta? –insistí, intentando que fuera algo más concreto.
»–Somos el Creador –fue su respuesta.
»–Y si esta es tu creación, ¿por qué permites que haya tanto sufrimiento? –decidí seguirle el juego. Aún no tenía muy claro lo que me estaba sucediendo.
»–Crear no significa destinar –me respondió–. ¿Acaso puede saber un carpintero que la silla que está construyendo será utilizada algún día por un suicida para quitarse la vida, o por un marido para golpear a su mujer?
»–¿Quieres decir que creaste a la humanidad pero que no puedes dirigir sus designios?
»–No he dicho que no pueda, pero si lo hiciera, dejaría de ser humanidad. Además, tampoco lo están haciendo tan mal ellos solos. Se han multiplicado hasta casi el límite, han progresado, gobiernan sobre todas las criaturas, su poder de creación es casi ilimitado, se han convertido en seres extraordinarios,...
»–Capaces de hacer mucho mal también –le interrumpí–. ¿Olvidas eso?
»–Si no existiera el mal, no podría existir el bien. Si esto te tranquiliza, te diré que tarde o temprano, todo el mundo paga el mal que hace, o bien es premiado por sus buenas acciones.
»–¿Te refieres a una vez que han muerto? –quise saber; reconozco que le estaba cogiendo el gusto a la conversación. No sabía lo que podía durar, así que quería aprovechar al máximo el momento. Si de verdad era quien decía ser, no podía dejar escapar esta ocasión.
»–No tiene por qué –me respondió en el mismo tono enigmático–. El sufrimiento no es un sentimiento propiedad exclusiva de las personas con buen corazón, sin embargo, la felicidad eterna sí que lo es. Y no te hablo de una vez que han terminado sus días, precisamente.
»–O sea, que según tú, todo el mundo paga en vida por sus actos, ¿no es así? Y los malvados nunca llegan a ser felices. Pues lo cierto es que no siempre lo parece –intenté provocarlo a ver por dónde salía.
»–Piénsalo un poco y me darás la razón. Tú has escrutado la mente de miles de personas durante tu vida. Dime una sola de ellas que fuera egoísta, o violenta, o irrespetuosa, o simplemente maleducada y al mismo tiempo hubiera descubierto el camino de la auténtica felicidad.
»Después de pensarlo durante un momento, no tuve por más que estar de acuerdo con lo que estaba diciendo. Nunca antes me había percatado de ello, pero era verdad, este Creador, o quien quiera que fuese, tenía razón. Pero aún había algo que no me convencía, así que volví a la carga.
»–De acuerdo, está bien –le dije–; los malos pagan con sus culpas, pero ¿por qué tienen que pagar también los inocentes por ellos?, ¿cuándo se supone que cobran su recompensa tantas víctimas inocentes que sufren sin haber hecho nada malo? No es cierto que todos tenemos lo que nos buscamos.
»–Yo no pongo las normas –como ya suponía, tampoco en esta ocasión me respondió claramente; más bien se salió por la tangente–. Nuestra visión del mundo debe ser global, nunca particular. Recuerda que también tú has provocado el sufrimiento de mucha gente inocente con algunas de las medidas que has adoptado.
»Ahí me había pillado. Al final iba a resultar que tenía razón también en esto.
»–Quieres decir que es necesario el sufrimiento de muchos para conseguir el bienestar de la mayoría –en esta ocasión no pregunté, afirmé.
»–Eso parece; como ya te he dicho, yo no dicto las reglas; éstas las ponéis vosotros, o mejor dicho, ellos. Recuerda que el error, junto con la experiencia y el conocimiento, son las herramientas necesarias para alcanzar la sabiduría.
»–¿Y cuánto tiempo más ha de pasar para que el hombre alcance esa sabiduría?, ¿cuánta gente debe morir sin necesidad antes de que eso ocurra? –ya estaba empezando a desesperarme tanta ambigüedad.
»–Tiempo dices, ¿a qué le llamas tiempo? Tres mil años quizás, o diez mil, o tal vez cincuenta mil años. Eso tan sólo supone un pestañeo en nuestra existencia. ¿Cuánta gente debe morir preguntas?, ¿y cuánta debe nacer?
»–Está bien, está bien –me di por vencido–. Ya veo que intentar razonar contigo es tarea inútil. Al menos aclárame una cosa; ¿por qué ahora?, ¿y por qué yo?
»–Una vez que el rebaño conoce bien el camino que va desde el corral hacia la dehesa, pueden ocurrir dos cosas: que el pastor descubra mejores pastos a donde conducirlo, y por tanto tenga que enseñarle un nuevo camino, o bien que éste, por algún extraño y desconocido motivo, algún día confunda su camino y tenga que intervenir de nuevo el pastor para reconducirlo por el camino correcto.
»–¿En cual de los dos casos nos encontramos? –pregunté.
»–¿Qué más da?, elige el que quieras –fue su concisa respuesta–. Preguntabas también por qué tú. ¿Y por qué no? ¿Conoces a alguien mejor?
»–Sí, a ti –le respondí con contundencia–. ¿Por qué no te presentas ante el mundo entero como lo estás haciendo ahora conmigo y les demuestras que eres el auténtico Dios?
»–¿Qué Dios? El tuyo, el de los cristianos, el Dios de los judíos, uno de los dioses romanos o griegos. ¿Cuál es el auténtico Dios?
»–¡Simplemente Tú! –exclamé exasperado–. ¿Tan difícil es eso?
»–Ya lo has hecho tú por mí, lo cual te agradezco –respondió.
»–Entonces, soy como soy porque tú me has hecho así. Me estás utilizando como harías en su día con Jesucristo y tantos otros, ¿no es cierto?
»–Yo no he tenido que crearte; como te dije al principio, tú siempre has existido. Simplemente has hecho aparición cuando ha llegado el momento.
»–No entiendo nada, y no parece que estés dispuesto a aclararme mucho –terminé por decirle–. Tan sólo te preguntaré una cosa más y, te pido por favor que me respondas claramente. ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora?
»–Eso es fácil de responder. Continúa con lo que estás haciendo; sigue tu instinto. Tú conoces donde están los mejores pastos, conduce hasta allí a tu rebaño. Y no olvides una cosa: nada dura eternamente, ni siquiera nosotros.
»Y eso es todo –concluyó Santiago–. Dicho esto, desapareció la luz, la habitación volvió a ser la misma que era, y yo me quedé con más dudas que al principio. Sé lo que estás pensado: que pudo haber sido un sueño; un sueño de esos que parecen reales o algo así. Puedes creer lo que quieras, pero yo te aseguro que aquello no fue un sueño, fue tan real como que ahora mismo estamos hablando tú y yo en tu casa.
Santiago tenía razón, había llegado a pensar lo del sueño. Lo cierto es que no sabía qué decirle; me había quedado en blanco. De todas las cosas que me podía haber imaginado que me contara, esta sería la última, con toda seguridad.
No es que dudara de él, a estas alturas yo tenía una fe ciega en Santiago, le seguiría hasta el infierno si me lo pidiese; pero esto... era tan increíble. Yo siempre he manifestado abiertamente mi falta de fe en cualquier religión o creencia divina. No me entraba en la cabeza nada que no pudiera explicar con un razonamiento lógico basado en hechos concretos y empíricos. La existencia de un Dios creador y omnipotente no concordaba, precisamente, con esta definición. ¿Qué se supone que tenía que hacer ahora? ¿Cambiar radicalmente la filosofía que tenía de la vida? Si lo pensaba bien, esto era lo que siempre había deseado, al igual que muchas otras personas, que alguien nos demostrase a ciencia cierta la existencia o no existencia de Dios. Viéndolo desde esta perspectiva, me podía considerar afortunado.
–Te creo, sí –terminé por decirle sin estar muy convencido del todo–. Sólo que no termino de aclararme con lo que me has contado. Explícamelo, por favor. ¿Esa voz era la de Dios?, ¿entonces tú eres un Mesías auténtico?
–Si me haces ese tipo de preguntas –me contestó con una sonrisa– te tendré que responder de la misma manera que lo hizo él, y no creo que eso te aclare mucho.
»Te lo he contado tal y como pasó; lo has grabado, así que podrás escucharlo todas las veces que quieras. Tendrás que sacar tus propias conclusiones. Siento no poder ayudarte mucho más.
–Está bien, al menos dime una cosa –no podía quedarme así, yo no tengo tanta imaginación como se supone–; me dijiste que has estado estos dos meses reflexionando. Supongo que sí podrás decirme a qué conclusiones has llegado tú.
–Sí, es cierto –me dijo pensativo–. Igual que Jesucristo necesitó retirarse cuarenta días al desierto para conocer su destino, también yo me sentí forzado a estar solo durante un tiempo para aclarar las ideas.
»Una cosa sí que te puedo revelar, y es que con total seguridad, no soy la misma persona de hace dos meses, antes de la visita de esa voz. Este tiempo de meditación me ha servido para darme cuenta de que algo ha cambiado en mí. Siento que mi poder es infinito, que puedo hacer lo que me de la gana, no tengo límites. Siento que tengo en mis manos el destino del mundo, el de toda la humanidad.
–Creía que eso ya lo tenías antes –le interrumpí.
–No es lo mismo. Antes no estaba del todo seguro de lo que hacía, era como si en todo momento estuviera arriesgando; sin vosotros, mis colaboradores, me sentía perdido. No me malinterpretes, no es que ya no os necesite, al contrario, vuestra ayuda ahora es más indispensable que nunca. La diferencia estriba en que ahora estoy completamente seguro de lo que tenemos que hacer.
–¿Y bien? –le animé a que continuara, ansioso porque me lo dijera.
–Comprendo tu impaciencia –respondió sonriendo de nuevo, lo cual hizo que me imaginara su respuesta–. Me temo que voy a volver a desilusionarte. Tú sabes ya lo que tienes que hacer; contar todo lo que sabes y todo lo que yo te estoy diciendo para que el mundo entero sea testigo en el futuro de lo que en estos tiempos ha ocurrido. Con respecto a los demás, también sabrán lo que tienen que hacer cada uno en su momento. Es lo único que puedo decirte, pero no pongas esa cara, no me guardo ningún secreto, es que no hay más que decir.
–La verdad es que no me has aclarado mucho, pero supongo que así es como debe ser –dije con resignación–. Aunque hay algo que no se me va de la cabeza: las últimas palabras que te dijo; lo de que nada era eterno, ni siquiera vosotros.
–También yo he pensado largo y tendido sobre esas palabras. Mi conclusión es que no hay que darle más vueltas al asunto de las necesarias. Como dijo el Creador, la historia del hombre en la Tierra supone tan sólo un pestañeo. Aún deben de pasar muchos años, siglos o milenios, quién sabe, para que éste complete su ciclo. Absolutamente nadie, ni siquiera Él, conoce lo que nos depara el futuro, lo único seguro es que éste depende directamente de lo que hagamos en el presente.
»Ahora sabemos algo que no sabíamos antes; algo muy importante, por cierto, y es que no estamos solos. Hay Algo o Alguien que nos acompaña en nuestro camino y que, cuando lo necesitemos, allí estará, velando para que su rebaño siempre tenga buenos pastos donde alimentarse.
–¿Y no crees que este conocimiento puede ser negativo para el hombre? –le pregunté–. Si sabe que hay un Dios velando por él, se confiará nuevamente y volverá a cometer los mismos errores del pasado.
–Aún no lo has entendido del todo. El hombre siempre cometerá los mismos errores; eso se da por hecho. El imperio mundial que construyamos ahora, por muy bueno y estable que nos parezca, terminará sucumbiendo algún día. Surgirán otros nuevos donde muchos recordarán de donde provienen y creerán, pero otros muchos, con el tiempo, la mayoría, no creerán lo que tú vas a contar, pensarán que son sólo leyendas del pasado sin sentido, y con toda seguridad, se volverán a cometer los mismos errores u otros peores. Eso sin contar con que surgirán muchas otras versiones de todo lo que está aconteciendo ahora en el mundo, además de la tuya. Que sean ciertas o no es lo de menos; cada cual creerá lo que más interés le reporte, o lo que otros más espabilados les enseñen, sin cuestionarse para nada su autenticidad. Tu relato será simplemente uno más entre tantos otros. Como sabes, la palabra escrita no es ni mucho menos la panacea del conocimiento; también puede convertirse en la más peligrosa herramienta de la manipulación y el engaño. Con el tiempo, la verdad se perderá irremediablemente, quedando enterrada junto con los cadáveres de los pocos privilegiados que la conocieron, como siempre ha venido ocurriendo.
»Pero la historia continuará; vendrán catástrofes, naturales o provocadas, que arrasen con todo y obliguen a empezar de nuevo; surgirán nuevas enfermedades, epidemias, cambios climáticos, se inventarán nuevos artilugios que nos complicarán aún más la vida, o nos la harán más cómoda.
»En definitiva, el mundo está en continuo cambio, y así es como debe seguir. Mi presencia en este periodo concreto de la historia debe interpretarse como una simple puesta a punto, necesaria para poder continuar el camino y no quedarnos en la cuneta.

lunes, 30 de junio de 2008

Capítulo Veinte

Se necesitaron varios años, como había predicho Santiago, para estabilizar medianamente la situación en el mundo. La violencia callejera fue desapareciendo paulatinamente de las grandes ciudades conforme las clases más altas iban perdiendo sus, hasta entonces intocables, privilegios. También contribuyó bastante a este fin la reducción casi por completo del que representaba uno de los mayores problemas de nuestra sociedad: el fenómeno de la inmigración ilegal, que, en algunos países fronterizos, había llegado a alcanzar cotas increíbles. Esto se consiguió gracias a los proyectos de ayuda a los países más desfavorecidos y en vías de desarrollo y a la labor humanitaria, todo ello coordinado por la organización Hospitales sin Frontera.
Quizás fuese en este aspecto donde el cambio fue más radical, o al menos, más ostensible. Santiago logró demostrar como, haciendo un reparto más equitativo del dinero y de los recursos con los que contaba el mundo, se podía lograr una convivencia pacífica entre todos los países del mundo, hasta el punto incluso de que hoy en día no se habla ya de países del Tercer Mundo o pobres.
Por supuesto que siguen habiendo naciones donde la gente viven mejor, entendiendo por «mejor», a que disponen de mayores comodidades, un poder adquisitivo más alto, pueden acceder a lujos que en otros países ni se conocen, etcétera. Pero esta, en teoría, superior calidad de vida, sólo va referida a cosas materiales y objetos de lujo. En lo que se refiere a necesidades vitales, todos los países gozan de ellas por igual; la prueba está en que la esperanza de vida se ha igualado prácticamente en todo el mundo. Es más, en la mayoría de países que antes se consideraban pobres y con la esperanza de vida más corta de todo el planeta, en la actualidad, ésta es mayor que en el resto de ellos, debido a que la población en éstos suele llevar una vida más sana y dedicada a los asuntos realmente importantes para el ser humano. Las sociedades no están tan viciadas ni materializadas como en los países desarrollados.
En cuanto al terrorismo internacional, tanto al ilegal como al de Estado, también le llevó su tiempo a Santiago acabar con él. Hubo países, como Sudán, Somalia, Afganistán, Irak, Colombia, y algunos más, donde continuamente surgían nuevos grupos armados liderados por señores de la guerra que sobrevivían ocultos en lugares remotos y poco accesibles. Estos grupos conseguían de vez en cuando burlar la seguridad y cometer atentados contra el Estado, ya que, al no tener enemigos extranjeros, sólo les quedaba revelarse contra sus propios paisanos.
Poco a poco fueron desapareciendo todos, algunos gracias a la actuación directa de Santiago contra ellos, y otros, al paso del tiempo, a la desmotivación de sus seguidores, a la muerte de su líder o, simplemente, por la dificultad de hacerse con nuevas armas y municiones, éstas, por día, más difíciles de localizar.
Como decía antes, también el terrorismo de Estado dio quehacer a nuestro héroe. En concreto, el que más tiempo llevó controlar fue el de Israel contra Palestina. Hasta tres equipos de gobierno completos tuvo Santiago que deshacer por la fuerza debido a que no entraban en razón y seguían con su particular lucha y discriminación contra sus vecinos musulmanes. Después de unos cinco años aproximadamente, se pudo decir que israelitas y palestinos convivían en paz y armonía, algo que no hacían desde hacía milenios o, mejor dicho, que no habían hecho nunca.
El plan educativo resultó todo un éxito, de hecho, en la actualidad sigue vigente tal cual, en todos los países del mundo. La clave estuvo en que se respetaron todas las culturas y tradiciones que cada país tenía. Santiago no impuso grandes cambios ni modificó ninguno de los aspectos de las enseñanzas religiosas que cada cultura poseía. La verdad es que, a partir de los seis o siete años, la educación en los colegios seguía impartiéndose prácticamente igual que siempre en lo que respecta a los contenidos; al contar con más recursos económicos, la forma de impartir las clases mejoró considerablemente; las materias se podían desarrollar con más profundidad ya que se disponía de más tiempo; los niños pasaban en los colegios la mayor parte de su tiempo, allí aprendían, se educaban, jugaban y se relacionaban; el número de profesores también aumentó bastante y, al mismo tiempo, estaban mucho mejor preparados.
Lo peor de todo, lo que más tiempo llevó estabilizar, fue sin duda la gran crisis económica que se había producido en todos los países más desarrollados del mundo. Ésta fue provocada, no sólo por la desaparición de numerosas industrias hasta ahora importantes, como la armamentística, sino también por la considerable disminución en la producción de muchas de ellas debido al forzoso cumplimiento del protocolo de Kioto al que habían sido obligadas. En un principio, los precios se dispararon, llevando a muchas familias y empresas a la bancarrota y a la desesperación. Pero a la larga se comprobó su beneficio sobradamente; de nuevo Santiago demostró su habilidad consiguiendo dos importantes objetivos con una sola medida; por un lado pudo detener un poco el deterioro del medio ambiente, que falta le hacía. Y por otro, consiguió que la gente aprendieran a valorar las cosas verdaderamente importantes de la vida y se alejaran de las superfluas, aunque fuese sólo porque no tenían medios para conseguirlas.
Para ello, fue necesario, prácticamente, la desaparición en el poder de una generación entera y su sustitución por aquellos más jóvenes a los que siempre se les había tachado de inmaduros, maleducados e insolidarios. Cuando les llegó la hora, supieron demostrar a todo el mundo que eran capaces de estar a la altura de los tiempos, tomando el control de la situación tal y como Santiago les había mostrado.
Este fue el verdadero triunfo del plan de Santiago; lograr inculcar entre la juventud un sentimiento de responsabilidad y esfuerzo. Les hizo comprender que sólo en sus manos estaba el conseguir que esta situación de paz y prosperidad se alargara en el tiempo. Encontraron en Santiago lo que no habían sido capaces de darle ni sus padres ni sus gobernantes, un líder que los comprendía, que los amaba y que supo darles un sentido a sus vidas, hasta ahora, vacías, sin compromiso y con un futuro incierto.
Gracias al proyecto de Santiago, estas nuevas generaciones, descubrieron que tenían un futuro prometedor, una esperanza; se sentían motivados y comprometidos y, por ello, supieron responder conforme a las expectativas que se habían puesto en ellos. Fue muy gratificante ver como se esforzaban esa misma gente que, hacía sólo unos años, te las encontrabas bebiendo por las calles, drogándose, infringiendo la ley y manifestándose por todo aquello que coartase sus libertades. En definitiva, que se sentían perdidos y sin un futuro claro, y esa era su forma de expresarlo. Ahora, simplemente, tenían algo que hacer y, aunque esto les supusiese un esfuerzo, sabían que merecía la pena; ya lo dijo Goethe, “Vivir a gusto es de plebeyos: el noble aspira a ordenación y a ley”.
Una vez que estas nuevas generaciones tomaron el poder, la vida política cambió radicalmente. Se volvió a demostrar lo que también Ortega y Gasset supo vislumbrar a principios del siglo pasado y expresó con estas palabras: “La actividad política, que es de toda la vida pública la más eficiente y la más visible, es, en cambio, la postrera, resultante de otras más íntimas e impalpables. Así, la indocilidad política no sería grave si no proviniese de una más honda y decisiva indocilidad intelectual y moral”.
Efectivamente, mientras que la mayoría de los antiguos líderes veían a Santiago como una amenaza, un usurpador, que los obligaba por la fuerza a cambiar su forma de llevar el mundo, los que iban llegando nuevos con el paso de los años, encontraban en Santiago a un colaborador, un líder espiritual, un ejemplo a seguir, el reflejo en el que todos querían mirarse. Esa era la gran diferencia, gracias a la cual, se podía decir que el plan de Santiago estaba triunfando plenamente.
Además, el mundo entero se había unido como nunca jamás lo había hecho antes. Todo el planeta tenía el sentimiento de que estaba participando de algo común, de un proyecto en el que no se hacían distinciones de razas, religiones, tradiciones, culturas o idiomas; cada individuo era importante y tenía identidad propia, independientemente del conjunto al que perteneciese.
La gente ya no se sentía tan manipulada como antes. Encendías la televisión o abrías un periódico y no te bombardeaban tan indiscriminadamente con publicidad como ocurría en el pasado. Todo el mundo se había adaptado sin problemas a los contenidos pacíficos, exentos de violencia gratuita de los medios de comunicación y de la industria del entretenimiento. Incluso la iglesia católica, después de unos años de incertidumbre, consiguió sentirse cómoda y a gusto con la nueva situación. Al principio temieron que Santiago les echara por tierra toda su fe y sus doctrinas, pero una vez que comprobaron que éste iba a lo suyo, sin meterse ni con ellos ni con nadie, supieron adaptarse a los nuevos tiempos sacando provecho de la filosofía impuesta por Santiago.
Los musulmanes y los pertenecientes a otras religiones minoritarias en ningún momento se sintieron amenazados; muy al contrario estaban encantados con la llegada de Santiago. Ellos siempre vieron en él a su auténtico Dios y siguieron venerándolo y adorándolo como siempre lo habían hecho.
Otra de las cosas que no se echaba para nada de menos eran las continuas disputas televisivas que mantenían nuestros antiguos políticos. El nuevo sistema electoral basado sólo en los programas de cada partido y en la exposición de sus proyectos políticos particulares, también resultó todo un éxito. La ley contemplaba la amonestación, e incluso, suspensión de cargo, de aquellos que perdiesen el respeto en algún momento a sus rivales o intentasen desacreditarlo sin pruebas concluyentes y determinantes.
No es que ahora vivamos en un paraíso; siguen existiendo muchos de los problemas de siempre, como el paro o la corrupción en algunas estancias del poder. Sigue habiendo gente egoísta, maleducada, intolerante, violenta, etcétera. La diferencia está en que ahora es la misma sociedad la que rechaza a este tipo de personas, mientras que antes, al ser así la mayoría, el resto se adaptaban a ellos, se hacían homogéneos a esa irregularidad aunque en su interior se opusiesen a semejante conducta. Es decir, antes, la masa, que siempre es la que manda, era corrupta y frívola, mientras que ahora tan sólo lo son una minoría.
Yo no sé el tiempo que durará esta situación de bienestar global, ya que, siempre se ha dicho que el mal prevalece sobre el bien, es decir, termina dominándolo. Pero, como dijo Santiago, nada es permanente.

martes, 24 de junio de 2008

Capítulo Diecinueve

Finalmente llegó el día donde Santiago se dirigió a todas las naciones del mundo desde la sede de las Naciones Unidas en Ginebra. El planeta entero se paralizó esa mañana para escuchar al que decía ser su Dios. En esta ocasión, Santiago se presentó de forma más discreta, es decir, sin nubarrones, ni truenos, ni efectos especiales de ningún tipo. Simplemente entró por la puerta como cualquier otro mandatario más, eso sí, con la misma caracterización de hombre venerable que había mostrado hasta ahora. Se palpaba en el ambiente el respeto que infundía en la mayoría de los presentes (o el miedo).

La expectación no pudo ser mayor. En la gran sala, donde no faltó ni un solo dirigente del mundo, se hizo un silencio sobrecogedor cuando Santiago empezó a hablar. No se ciñó estrictamente al discurso que habíamos escrito, sino que, por el contrario, improvisó en algunas ocasiones, aunque debo decir que la disertación fue prácticamente perfecta, digna de un maestro. Pero no crean que me quiero atribuir méritos, el discurso en sí fue lo de menos; lo realmente magistral fue la escenificación que hizo Santiago, demostrando un talento para la interpretación digno de una estrella de cine.

A decir verdad, me vino a la memoria la imagen que nos habían querido dar los productores de Hollywood, de Jesucristo dando el Sermón de la Montaña, que todos los años nos repetían por televisión cuando llegaban determinadas fiestas cristianas. No cabía duda de que estaba bien metido en su papel de Dios; si aún había alguien que no estaba del todo convencido, éste era el momento de hacerle cambiar de opinión. Santiago sabía esto, y quiso aprovechar la ocasión para aparecer ante todo el mundo como el gran Mesías esperado por casi todas las religiones desde los albores de los tiempos.

Ya había demostrado lo que era capaz de hacer, y lo cruel que podía llegar a ser si lo forzaban a ello. Ahora había llegado la hora de mostrar al mundo al auténtico Santiago, al Dios que de verdad quería él ser. Un Dios bondadoso y compasivo, el guía espiritual de la humanidad que tanta falta hacía en estos tiempos; el pastor de ovejas que anunciaba Jesucristo.

Les recordó a todo el que escuchaba la importancia de tener unos mandamientos que nos obliguen a vivir de una manera determinada. Sin estos mandamientos, llega un momento donde la vida de todo ser humano se encuentra vacía y sin sentido y, lo peor de todo, disponible para todo aquel, o aquello, que quiera usarla para sus propios fines. Éste es el verdadero peligro de un mundo sin autoridad, con un exceso de libertad que, la mayoría de las ocasiones, lleva a la persona a perder su auténtico rumbo, su destino, convirtiéndola en vaga, en un parásito de la sociedad. Para evitar esto, es imprescindible tener en todo momento a alguien superior que nos conduzca, que nos mande, que nos diga qué es lo que tenemos que hacer y cómo hacerlo. En el fondo, todos deseamos tener a una autoridad superior así, ya que es práctico y proporciona mucha tranquilidad, siempre y cuando este ser superior demuestre sus buenas cualidades y dotes de mando y, por supuesto, su inquebrantable virtud puesta al servicio de sus súbditos.

Santiago se ajustaba perfectamente a este ideal de Ser Supremo. Había sabido llegar a la gente honrada (que son la mayoría), al ciudadano medio. Estaba dispuesto a darles lo que éstos más demandaban: estabilidad y seguridad; dos conceptos que cada día se echaban más de menos hasta su llegada.

Una vez que Santiago hubo terminado de hablar ante el hemiciclo, ocurrió algo fascinante e inesperado; todos los dirigentes del mundo se pusieron en pié y empezaron a aplaudir de forma enfervorecida y sincera. Fue muy emocionante, y la prueba de que nuestro hombre había sido capaz de cautivar a todo el mundo con su elocuencia. Había logrado algo muy importante, no sólo convencer a las personas más influyentes del mundo, sino también infundirles el ánimo suficiente como para afrontar la difícil tarea que tenían todos entre manos.

Era evidente que esto sólo suponía un comienzo y que lo más complicado empezaba ahora, pero por lo menos había empezado con buen pie. Después de este día, mi confianza en el éxito del plan de Santiago había aumentado considerablemente. Me sentía feliz y satisfecho.

Los días siguientes al del discurso, transcurrieron con relativa calma. Santiago continuaba con su labor de pacificador, acudiendo allá donde fuera necesario. Aunque sus actuaciones cada día eran menos numerosas, todavía había demasiada gente en el mundo que no se habían enterado de que el orden mundial había cambiado. Ya no quedaba lugar para los mafiosos, ni para los corruptos, ni para los violentos. Había llegado la hora de hacer justicia, de dar cumplimiento en la Tierra a lo que Jesús predijo para el Reino de los Cielos: “Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”.

Ahora sabía lo que habrían sentido los israelitas con la llegada del rey David, los griegos con Alejandro Magno, o los romanos con Julio César. Estos tres grandes personajes, no se limitaron a pasar por la historia desempeñando su papel, sino que «crearon» la historia. También ellos se vieron obligados a combatir duramente antes de poder hacer realidad su sueño: un pueblo unido por un solo mando y viviendo en paz. Consiguieron crear, aunque sólo durante unos cuantos años, una comunidad supranacional capaz de vivir en paz interior y de desarrollar una concordia y una solidaridad de las que, lamentablemente, carece nuestro mundo moderno. También tuvieron en común una cuidada educación basada en el respeto hacia los demás, en la justicia y en la igualdad de todos los hombres ante la ley.

En estos tiempos tan revueltos, parecía impensable la llegada de un nuevo líder pacificador, semejante a los clásicos mencionados, capaz de unir a pueblos tan dispares y culturas tan diametralmente opuestas en un mismo proyecto. Por fuerza tenía que ser alguien como Santiago, con un poder prácticamente infinito, el que desempeñara tan descomunal tarea.

Yo no sabía como recordaría la historia a Santiago con el paso de los años, de lo que sí estaba seguro es de que no iba a pasar para nada desapercibido. Su vida supondría unas páginas muy importantes en los libros de historia de todo el mundo a partir de ahora.

Las claves para la tan codiciada unión de civilizaciones que Santiago pretendía imponer, las había dejado muy claras; el respeto por las diferentes culturas de todas y cada una de ellas; la solidaridad de los pueblos más ricos y poderosos con los más necesitados, buscando siempre el beneficio propio que esto representaba; la igualdad de todos los ciudadanos ante la justicia y el estricto cumplimiento de la ley. Todo ello sustentado por unas bases educativas muy concretas y comunes a todo el mundo que serían las encargadas de que esta situación se prolongase en el tiempo lo máximo posible.

Al menos, esa era la teoría. Ahora nos tocaba a nosotros demostrar de lo que éramos capaces llevando a la práctica esta filosofía de vida que nos había sido impuesta, o más bien diría yo, regalada.

martes, 17 de junio de 2008

Capítulo Dieciocho

Al día siguiente, ya más tranquilo, terminé de repasar el discurso de Santiago, de manera que, cuando éste llegó veinticuatro horas más tarde, lo tenía todo dispuesto para entregárselo. Se quedó un par de horas más en mi casa, mientras le echábamos un último vistazo juntos, corrigiendo y añadiendo algunos asuntos.
No tuvimos mucho tiempo para charlar, ya que se tuvo que marchar enseguida, una vez que terminamos. Era comprensible; ahora mismo era la persona más ocupada de toda la Tierra, no paraba ni un segundo, y sin embargo, era increíble, no parecía cansado, se le veía tan fresco como el primer día que nos conocimos. Indudablemente, sus poderes le conferían también una vitalidad fuera de lo normal.
De nuevo me volví a quedar solo. Como era ya habitual, me entregué a la única tarea que últimamente me mantenía ocupado: ver las últimas noticias por televisión y escribir notas para el futuro relato de todo lo que estaba aconteciendo (o sea, este libro).
A pesar de todo lo que le había visto hacer a Santiago, de todo lo que sabía que era capaz de hacer, de conocer hasta donde tenía intención de llegar poniendo todo su empeño y potencial en conseguirlo; a pesar de tener conciencia de la cantidad de personas sobresalientes que estaban empeñando sus vidas en este proyecto, a pesar de todo eso, yo aún albergaba muchas dudas sobre la conclusión del plan de Santiago.
En primer lugar porque este plan no tiene fin; su finalidad, en teoría, es conseguir un futuro mejor, pero el futuro no es un final, sino una continuidad del presente, y éste nunca termina.
En segundo lugar, estaba claro que el éxito o el fracaso de todo lo que estaba consiguiendo Santiago dependía directamente de las mismas personas, prácticamente, que habían llevado al mundo a la situación en la que se encontraba entonces; lo cual no era muy alentador. Cierto que Santiago iba a hacer algunos cambios con respecto a estas personas, pero ¿habría gente suficiente con la preparación y el espíritu adecuados como para poder llevar a buen puerto todas las reformas impuestas? Y si era así, ¿dónde se habían mentido hasta ahora?
A estas alturas ya se habían demostrado más que de sobra las palabras de Ortega y Gasset de que la labor de los intelectuales es totalmente contraria a la de los políticos. Mientras los primeros aspiran a aclarar las cosas, los segundos hacen lo imposible por confundirlas aún más de lo que estaban. Por tanto, ¿qué esperanza había de que éstos cambiasen radicalmente de actitud y de forma de pensar y dejasen trabajar a aquellos otros mejor preparados? Para llegar a esto, lo primero que tenían que hacer era reconocer que hasta ahora estaban equivocados, y eso es algo muy difícil de hacer, sobretodo en personas con tan poco sentido del deber y la responsabilidad.
El mismo Ortega y Gasset, en su libro La rebelión de las masas, se preguntaba algo parecido con respecto al que él definía como hombre-masa; en él decía: “¿Se puede reformar este tipo de hombre? Quiero decir: los graves defectos que hay en él, tan graves que si no se los extirpa producirán de modo inexorable la aniquilación de Occidente, ¿toleran ser corregidos? Porque, como verá el lector, se trata precisamente de un hombre hermético, que no está abierto de verdad a ninguna instancia superior. La otra pregunta decisiva, de la que, a mi juicio, depende toda posibilidad de salud, es esta: ¿pueden las masas, aunque quisieran, despertar a la vida personal?”.
Precisamente eso era lo que quería conseguir Santiago, despertar a las masas de su largo letargo, porque, seamos realistas, de éstas dependen completamente el futuro de la humanidad ya que son las que tienen en sus manos el poder absoluto. Tan sólo hay que enseñarles a utilizarlo adecuadamente en su propio provecho, o bien, hacerles ver que necesitan forzosamente ser guiados por una instancia superior de hombre excelentes. Por eso era tan importante eliminar en lo posible cualquier forma de manipulación colectiva, porque ésta es la responsable de que la mayoría de la gente no posea voluntad propia, y esta voluntad es imprescindible para conseguir ese despertar que lleve a la persona a actuar en su propio beneficio, que concuerda perfectamente con el beneficio de todos los que le rodean, ya que no hay mayor felicidad que vivir entre personas felices.
En estos momentos también me vino a la mente la fenomenal perspectiva de futuro que hizo el político y filósofo británico del siglo XIX, John Stuart Mill en su libro Sobre la Libertad, para que después digan que el futuro no se puede predecir; les reproduzco aquí un fragmento para que juzguen por ustedes mismos:
“Aparte las doctrinas particulares de pensadores individuales, existe en el mundo una fuerte y creciente inclinación a extender en forma extrema el poder de la sociedad sobre el individuo, tanto por medio de la fuerza de la opinión como por la legislativa. Ahora bien, como todos los cambios que se operan en el mundo tienen por efecto el aumento de la fuerza social y la disminución del poder individual, este desbordamiento no es un mal que tienda a desaparecer espontáneamente, sino, al contrario, tiende a hacerse cada vez más formidable. La disposición de los hombres, sea como soberanos, sea como conciudadanos, a imponer a los demás como regla de conducta su opinión y sus gustos, se halla tan enérgicamente sustentada por algunos de los mejores y algunos de los peores sentimientos inherentes a la naturaleza humana, que casi nunca se contiene más que por faltarle poder. Y como el poder no parece hallarse en vía de declinar, sino de crecer, debemos esperar, a menos que una fuerte barrera de convicción moral no se eleve contra el mal, debemos esperar, digo, que en las condiciones presentes del mundo esta disposición no hará sino aumentar.”
No les falta nada de razón a estos grandes pensadores del pasado, ya que ellos se sustentaban en la historia que, como siempre digo, es la gran educadora de la humanidad. Otro gran pensador fue el alemán Nietzsche, que definió al hombre superior como el ser «de la más larga memoria», refiriéndose a su capacidad de recordar los errores cometidos en el pasado y aprender de ellos. No hay duda de que, en la actualidad, este hombre superior está siendo devorado irremediablemente por el hombre-masa de Ortega y Gasset.
Una prueba de que esto que nos está ocurriendo no es ningún fenómeno nuevo, la tenemos en el poeta y pensador romano Horacio que, habiendo nacido en el año sesenta y cinco antes de Cristo, escribió: “Nuestros padres, peores que nuestros abuelos, nos engendraron a nosotros aún más depravados, y nosotros daremos una progenie todavía más incapaz”. Dos siglos más tarde no había en todo el Imperio bastantes itálicos medianamente valerosos con quienes cubrir las plazas de centuriones, y hubo que alquilar para este oficio a dálmatas, y luego, a bárbaros del Danubio y el Rin. Mientras tanto, las mujeres se hicieron estériles e Italia se despobló. El final era de prever, los extranjeros terminaron aprovechándose de esta debilidad llevando a su fin al otrora poderosísimo Imperio romano.
Como ven, no hace falta ser un genio, simplemente basta con conocer un poco nuestra larga (o al menos, variada) historia, para comprender que con este comportamiento que predomina hoy, donde prevalece el ansia de riqueza y de poder por encima de todo lo demás, donde la voluntad de la muchedumbre anula por completo a la del individuo, que vaga a la deriva, sin rumbo fijo, buscando los que otros consideran que debe ser «el éxito» de la forma más rápida y sencilla, con el menor esfuerzo posible; como decía, bastaba con echar un simple vistazo a la historia para comprender a donde nos llevaba toda esta locura sin sentido.
Pero el problema de nuestros gobernantes y de la gente en general, no es que no conozcan el pasado, es algo mucho más grave, que no les importa para nada el futuro, ya que éste no es rentable, y por tanto, no piensan en él ni en las consecuencias que traerán los actos realizados en el presente. De nuevo me van a permitir que cite a Ortega y Gasset; él comprendió muy bien este hecho y lo expresó mucho mejor que yo:
“El Poder Público se halla en manos de un representante de masas. Estas son tan poderosas, que han aniquilado toda posible oposición. Y, sin embargo, el Poder público, el Gobierno, vive al día; no se presenta como un porvenir franco, no significa un anuncio claro de futuro, no aparece como comienzo de algo cuyo desarrollo o evolución resulte imaginable. En suma, vive sin programa de vida, sin proyecto. ... De aquí que su actuación se reduzca a esquivar el conflicto de cada hora; no a resolverlo, sino a escapar de él por el pronto, empleando los medios que sean, aun a costa de acumular con su empleo mayores conflictos sobre la hora próxima. Así ha sido siempre el Poder público cuando lo ejercieron directamente las masas: omnipotente y efímero.
El hombre-masa es el hombre cuya vida carece de proyecto y va a la deriva. Por eso no construye nada, aunque sus posibilidades, sus poderes, sean enormes.
El tipo medio del actual hombre europeo posee un alma más sana y más fuerte que la del pasado siglo, pero mucho más simple. Se les han dado instrumentos para vivir intensamente, pero no sensibilidad para los grandes deberes históricos; se les ha inoculado atropelladamente el orgullo y el poder de los medios modernos, pero no el espíritu. Por eso no quieren nada con el espíritu, y las nuevas generaciones se disponen a tomar el mando del mundo como si el mundo fuese un paraíso sin huellas antiguas, sin problemas tradicionales y complejos
.”
Todo lo que este notable pensador describía hace casi un siglo, se podría multiplicar hoy en día por dos, o por cuatro; tengan en cuenta que por aquella época, Europa contaba con una población de unos cuatro ciento sesenta millones de habitantes; en la actualidad ha crecido casi el doble, siendo el continente donde el crecimiento demográfico ha sido el menor de todo el planeta, con bastante diferencia.
La pregunta era, ¿podría Santiago hacer brotar esa barrera de convicción moral que Stuart Mill creía necesaria en tiempos como éstos, para no caer en el hondo pozo cavado por las ansias de poder de unos pocos? El tiempo sería el único que podría decírnoslo.
Mientras tanto habría que seguir pendiente de lo que acontecía en el mundo y de las distintas reacciones producidas. En los días anteriores a la reunión con la Asamblea General de la ONU, Santiago se mantuvo muy ocupado en Colombia y Afganistán principalmente, desmantelando toda la extensa red dedicada al narcotráfico de cocaína y sustancias derivadas del opio. Actuó primero en los países productores, y de ahí fue llegando hasta los grandes traficantes. Con éstos no tuvo compasión ninguna, acabando incluso casi por completo con familias enteras dedicadas a esta práctica.
Irene seguía enviándome diariamente informes e imágenes de todas, o casi todas, las actuaciones de Santiago. Muchas de estas imágenes no eran transmitidas por televisión porque podían parecerles demasiado violentas y crueles a determinados espectadores. Santiago tenía que ser implacable pero, al mismo tiempo, también quería cuidar un poco su imagen ante algunos sectores de la sociedad. Mucha gente son así, quieren justicia, vivir seguros y tranquilos, pero prefieren no ver como se ejerce esta justicia, mientras ellos almuerzan en sus hogares con sus familias sin tener que preocuparse por nada, pensando que todo va bien y que el mundo es un lugar maravilloso donde todos viven igual de bien que ellos.
Los estadounidenses son un claro ejemplo de lo que estoy diciendo. Antes de que llegara Santiago, este país ostentaba el doloroso record de muertes producidas por la violencia callejera con una media de unas treinta mil personas al año muertas por disparo de arma de fuego. La gente demandaba mayor seguridad, los alcaldes de las grandes ciudades no sabían ya qué hacer para controlar esta masacre, derivando el problema al gobierno central. Y éste era incapaz de redactar la única ley que, por lógica, podía frenar un poco esta barbarie: la prohibición de las armas para uso civil.
Un país donde uno de cada tres ciudadanos posee un arma propia, donde cualquier individuo se puede comprar cualquier tipo de arma de fuego como el que se compra un juguete, donde a los niños se les enseña a disparar antes que a pensar. ¿Qué esperaban? No cabía otra salida que el aumento masivo de la violencia que se estaba produciendo.
Pues, como iba diciendo, e aquí un ejemplo de la paradoja del ser humano. No se pueden ni imaginar el follón que se había formado en dicho país tras el cierre de todas las armerías y fábricas de armas. Era increíble, la muchedumbre se había echado a la calle a protestar como nunca antes lo había hecho por el incremento de la violencia o por otros motivos más preocupantes. Hasta ahora, nadie se había percatado de lo que esta industria suponía en este país.
Por supuesto que seguían existiendo miles de armas de fuego por todo el país, sería imposible incluso para Santiago acabar con todas ellas en tan poco tiempo, y la violencia callejera, no sólo no había disminuido, sino que casi había aumentado. Las bandas callejeras se habían hecho dueñas de muchos barrios de las grandes ciudades aprovechando la confusa situación que reinaba en el país, ya se sabe, a río revuelto ganancia de pescadores. Llevaría tiempo conseguir el control y la estabilidad en una nación así, pero esto era algo que Santiago ya sabía. Él contaba con que, al haber destruido todas las fábricas de municiones también, algún día se acabarían éstas, y sería más fácil para las fuerzas del orden luchar contra esta gentuza.
Al fin y al cabo, todo esto no era más que fruto de la tan venerada democracia a la que tanto bien le debemos..., y tanto mal. Mucha gente me pregunta a menudo por qué critico tanto lo que para la gran mayoría es algo tan maravilloso y productor de felicidad como es el régimen democrático en el que vivimos. Como siempre, dominados por un pensamiento dualista: si no estás a favor de algo, es que estás en contra.
Mi respuesta siempre es la misma. Yo no estoy en contra de la democracia; los principios democráticos son el mejor fruto que ha podido dar una civilización. Igualdad, libertad y fraternidad, ¿qué más se puede pedir? Como suele suceder, la teoría es muy bonita, pero somos incapaces de llevarla a la práctica.
No había ningún país democrático, antes de la llegada de Santiago, donde cada día la desigualdad no fuera mayor, los ricos cada vez más ricos y los pobres más pobres. En cuanto a la libertad, ésta debe estar regida estrictamente por lo que marca la ley y la justicia que es la que impone los límites, o al menos, así debía ser; en la realidad, la libertad de cada uno sólo estaba restringida por las ansias de riqueza y poder de cada individuo, dependiendo de sus posibilidades, materiales o intelectuales, pasando por encima de la ley siempre que fuera necesario. Es más, el infringir la ley era algo que, incluso, se veía hasta bien, sobretodo entre los más jóvenes, sin duda, alentados por lo que contemplaban entre sus mayores.
De la fraternidad, mejor ni hablamos.
Puestos a valorar ideologías políticas, todas están sustentadas en principios magnánimos y loables (no hay más que dar un repaso al ideal del tan criticado comunismo); ya hemos demostrado que sabemos perfectamente lo que nos conviene. Lo que hasta ahora no hemos sido capaces de demostrar es que sabemos también llevar a la práctica esos principios que tan bien sabemos escribir y expresar.
Después de escuchar a tantos políticos de distintas ideologías y pensamientos, he llegado a la conclusión de que estas ideologías son lo de menos, lo realmente importante del político (como de cualquier persona) son sus convicciones morales, sus virtudes y, sobretodo, su grado de conocimiento.
Digo sobretodo porque, de todos es sabido, o al menos así lo quiero suponer yo, que la mayoría de los líderes son personas moralmente juiciosas, que realmente desean lo mejor para sus ciudadanos, aunque sea por la pura vanidad de pasar a la historia como grandes personajes; el problema de casi todos ellos radica en su ignorancia. Por muy buenas intenciones que tenga el pastor, si no sabe cómo conducir a sus ovejas a los mejores prados, terminará perdiendo a su rebaño.
Al menos esta era la teoría en la que se basaba el plan de Santiago. Él se encargaría de enseñar a los distintos pastores como llevar a sus ovejas a los mejores pastos y, al mismo tiempo, también enseñaría a éstas a que lo mejor para ellas era el dejarse conducir por los primeros.
Yo, personalmente, tenía puesta más confianza en las futuras generaciones, siempre y cuando funcionara el nuevo sistema educativo que Santiago pretendía imponer. A mi entender, ahí estaba la clave. Si conseguíamos dar a los niños una buena educación, inculcándoles valores tan importantes como la tolerancia, el respeto, el sentido del deber y del esfuerzo, todo lo demás caería por su propio peso. Pero, aún así, seguiría siendo insuficiente si no se consigue mantener el sistema por tiempo indefinido; aunque, pensándolo bien, ya lo dijo Santiago, nada es eterno. Tarde o temprano, el hombre volverá a cometer los mismos errores de siempre y, probablemente, continuarán surgiendo y cayendo civilizaciones hasta que, un buen día, una de estas civilizaciones no deje nada para otra que venga detrás. ¿Hubiéramos sido nosotros ésta de no haber aparecido Santiago?

martes, 10 de junio de 2008

Capítulo Diecisiete

En cuanto llegamos nos pusimos a trabajar inmediatamente en el discurso, apoyándonos en la lista que Santiago nos dejó antes de marcharse. Como él dijo, se trataba de temas muy concretos y puntuales, pero no por ello, menos complicados de desarrollar e implantar.
En lo concerniente a la educación, lo que pretendía era que se incluyese como materia fundamental para los más pequeños, a partir de los tres años, clases de comportamiento y educación básica, impartidas por pedagogos especializados en la educación de niños menores de seis años. En estas clases se debería enseñar una serie de normas fundamentales de convivencia que, hasta ahora, se suponía debían hacer los padres. También quería que se ampliase el horario de estancia de estos niños en los centros educativos, llegando incluso a comer en ellos obligatoriamente. Por supuesto se incluirían también bastantes horas de juegos educativos, donde aprendieran a colaborar, a compartir, a ser sociables, etcétera. La idea, en definitiva, era que hasta los siete años al menos, la educación de los niños estuviera enfocada sola y exclusivamente a la adquisición de unos hábitos saludables y de comportamiento correcto. A partir de los siete años es cuando empezarían a recibir una educación más convencional, basada más en los conocimientos, como se está haciendo hasta ahora. Hasta esta edad, los colegios deberían ser para los niños, más que centros educativos, lugares de recreo, convivencia y entretenimiento, todo ello controlado por monitores especializados para tal actividad.
También la colaboración de los padres sería forzosa, llevándose a cabo reuniones con ellos con mucha frecuencia, obligándoles a hacerse partícipes de este aprendizaje con el fin de que continuasen con él en sus hogares; a los educadores se les daría la autoridad necesaria como para poder amonestar, o incluso denunciar, a aquellos padres que no cumpliesen unas mínimas obligaciones para con sus hijos.
Ésta sería la principal prioridad de todas las naciones y, a la que habría que otorgar todos los recursos que fueran necesario para su correcto funcionamiento. Esta medida llevaba también implícita una preparación más exhaustiva del personal encargado de llevarla a cabo, es decir, de los pedagogos y sicólogos infantiles, a los cuales se les daría mucha más importancia y seguimiento que a cualquier otra rama de la enseñanza.
Otro tema importante a tratar era el uso que se les daría a las fuerzas militares de cada país. Lo que Santiago tenía pensado que hicieran, era prácticamente lo que ya estaban haciendo, encargarse de labores humanitarias allá donde fuera necesario. A estas personas también se les subiría el salario considerablemente, de manera que su labor fuera recompensada como merecían, aprovechando el considerable ahorro que suponía la no utilización de armamento.
Se nombraría a la ONG Hospitales sin Frontera como organización internacional encargada de centralizar todas las tareas humanitarias a lo largo y ancho de todo el planeta. Ésta se coordinaría con el resto de organizaciones de este tipo, así como con los diferentes gobiernos, para hacer llegar la ayuda que fuese necesaria, del tipo que sea, a los países del tercer mundo y en vías de desarrollo.
Todos los países deberán ser democráticos. Se les dará un ultimátum a aquellos en los que todavía gobierna un régimen totalitario, y Santiago mismo en persona se encargaría de que esto se llevase a cabo escrupulosamente, respetándose la ley y la libertad de pensamiento y de elección de todos los ciudadanos, con todas sus consecuencias.
Las campañas electorales serían justamente como nos comentó Santiago esa mañana. Cada partido, legalmente establecido, hará llegar a través de los medios de comunicación su proyecto de gobierno, prohibiéndose explícitamente cualquier otro tipo de manipulación. Las elecciones estarán controladas directamente por el Tribunal Superior de Justicia con sede en la Haya.
La Declaración Universal de Derechos Humanos será de obligado cumplimiento en todas las naciones del mundo. Santiago hará especial mención en el artículo dieciocho a los países musulmanes donde se gobierna por medio de la Sharia; en ésta se declara el derecho de todo ser humano a la libertad de pensamiento, conciencia y religión. Se respetaran las leyes particulares de cada Estado siempre y cuando éstas no vulneren para nada ninguna de las anteriormente expuestas.
Otra de las principales prioridades será la de que cada país se encargue, con los recursos que sean necesarios, de que no haya ningún sólo niño sin padres, ya sean de dentro de sus fronteras o de fuera. Es decir, las adopciones nacionales o internacionales, no sólo serán gratuitas sino que tendrán absoluta prioridad, por encima de los programas de reproducción asistida que la mayoría de países desarrollados incluyen en su asistencia sanitaria gratuita.
Uno de los asuntos más difíciles de llevar a cabo sería el control de los precios de las materias primas y de los productos básicos para la vida, como pueden ser las viviendas, comestibles y carburantes, entre otros. Y sin embargo esto era algo imprescindible para evitar el aumento de las desigualdades entre ciudadanos, como pretendía Santiago. Así se lo haría saber a la Asamblea. Para ello sería necesario una remodelación casi total de la Organización Mundial del Comercio, a la que deberán adheridse el resto de países hasta ahora excluidos, adquiriendo ésta más competencias de las que tenía.
También cobraría mayor importancia la Organización de Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial, con la idea de relanzar el obsoleto Programa para el Desarrollo establecido en 1965 por la Asamblea General con la idea de promover el crecimiento económico de los países subdesarrollados. Las aportaciones económicas de cada país deberán ser obligatorias, dependiendo de la renta anual per cápita de cada uno de ellos; en aquel momento, estas aportaciones eran voluntarias.
Por último, Santiago avisaría con absoluta seriedad de que, una vez eliminado el riesgo del terrorismo y de las guerras internacionales, la humanidad tendrá que hacer frente al mayor de los peligros con los que se enfrentará en un futuro próximo: el exceso de población. Tendrán que hacer un esfuerzo considerable si no quieren perecer victimas de su propia incapacidad por controlar la creciente expansión demográfica. Les recordará que será este crecimiento desbordado el que, en un futuro no muy lejano, llevará al ser humano al borde de la extinción, ya que serán incapaces de sobrevivir en cuanto se agoten muchos de los recursos de los que dependen, algunos de ellos se encuentran ya muy cerca de los límites. Les dirá también que él no podrá hacer nada por evitar este desastre, que deberán ser ellos (o sea, nosotros), los que pongan los medios que sean necesarios para su control.
También les recordará a todos el riguroso cumplimiento que deberán hacer del protocolo de Kioto, a costa de lo que sea, ya que de él dependerá en gran parte el bienestar de las futuras generaciones y de los presentes cuando seamos algo más mayores.
Básicamente, en esto se fundamentará la exposición de Santiago frente a los representantes de todas las naciones del mundo. En un principio, él mismo se encargará de supervisar la correcta implantación de todas estas normas en los distintos países. Pondrá al frente de cada organismo a las personas adecuadas, de esta forma se asegurará de que todo vaya conforme a lo dispuesto. De igual manera, tenía pensado destituir de sus puestos a muchos altos cargos y funcionarios de las Naciones Unidas con los que sabía que no podía contar para llevar a cabo su proyecto. En definitiva, haría una limpieza y remodelación de toda la Organización, eliminando a aquellos sujetos que él compruebe que están predispuestos a la corrupción o, simplemente, al pasotismo, y colocando en su lugar a otros más preparados y con mejor disposición moral y ética, conforme a la importante labor que iban a desarrollar.
Terminamos bastante tarde de redactar el discurso; y muy cansados por cierto, con lo que mis pretensiones con Irene al comienzo de la tarde se habían esfumado casi por completo. Tengo que reconocer que se me pasó por la mente el llevar algo más lejos nuestra inestimable amistad esa misma noche (¿qué les puedo decir? Soy humano), pero, llegado el momento, no quise arriesgarme a parecer vulgar y superficial, así que tuve que reprimir mis instintos más primitivos (la tónica de mi vida). Cortésmente la invité a pasar la noche allí, por supuesto yo dormiría en el sofá, pero, también por supuesto, ella rehusó la invitación alegando que estaba cansada y que sería una pena desperdiciar la habitación del hotel que ya tenía pagada.
Y para colmo, a la mañana siguiente, Irene tenía que salir temprano hacia la capital, así que, muy a mi pesar, tuvimos que despedirnos sin saber hasta cuando. Mi única alegría fue que también noté en ella cierta consternación por no poderse quedar; eso me consoló (aunque no mucho).

lunes, 2 de junio de 2008

Capítulo Dieciseis

Ese día tuve que madrugar; no me costó mucho ya que los nervios no me habían dejado dormir demasiado. Desde que hace dos días me mandara un mensaje Irene quedando para hoy en mi casa con ella y Santiago, estaba que no vivía. ¡Santiago en mi propia casa!
Podía parecer una tontería, pero después de lo que le había visto hacer en estos últimos meses, mi visión con respecto a este hombre había cambiado diametralmente. Para mí, Santiago, ya no era aquel tipo extraño e idealista al que conocí en la cafetería de mi barrio; ahora se había convertido en todo un héroe, lo veneraba prácticamente como al Dios por el que se había hecho pasar ante todo el mundo. No tenía ni idea de lo que le diría al verlo; ni siquiera me imaginaba tratándolo de tú como lo habíamos hecho hasta ahora. Me resultaría muy difícil disimular la emoción que seguramente sentiría cuando me encontrase frente a él.
En el correo, Irene me comentó que llegarían temprano, así que ya me encargué el día anterior de adecentar la casa lo mejor posible. Seguramente él ni se fijaría, tenía cosas más importantes en las que pensar, pero quería que estuviera todo en orden, supongo que para dar una buena impresión; además también estaba Irene, y ella seguro que prestaría más atención a los detalles. Después de haber estado escribiéndonos casi a diario durante más de tres meses, habíamos llegado a congeniar bastante bien. Lo cierto es que no sabía muy bien a quién tenía más ganas de ver de los dos.
Mi relación con Amanda se había distanciado más de lo normal últimamente. Con todo lo que estaba pasando en el mundo, ella estaba muy ocupada con su trabajo andando de aquí para allá por todo el planeta, y la verdad es que yo tampoco había hecho mucho para evitarlo. Ahora mismo tenía otras prioridades que consideraba más importantes, no podía permitirme el lujo de andar preocupándome por una relación a distancia como la que tenía con Amanda que, por otro lado, yo la consideraba más como un pasatiempo que como algo serio.
Esta hipotética ruptura me sirvió también para relajarme un poco y poder dedicarle todo mi tiempo a la importante tarea que tenía entre manos, como era la documentación y recopilación de todos los datos sobre la labor que estaba realizando Santiago en el mundo, para poder escribirlos posteriormente lo más fielmente posible.
Efectivamente no tardaron en llegar. Nada más verlos, me tranquilicé bastante; la apariencia de Santiago no tenía nada que ver con la de ese gran Dios majestuoso que aparecía por televisión volando por los aires tras inmensas nubes, rugiendo a los cuatro vientos, derribando edificios enteros con un solo gesto o sembrando el pánico ante grandes ejércitos fuertemente armados. Nada de eso; ahora volvía a ser ese tipo sencillo que logró cautivarme no hace mucho con sus palabras, más que con sus poderes.
Otra cosa que también me tranquilizó mucho fue la alegría que reflejaba en su rostro; señal de que todo estaba saliendo como él lo había planeado. Irene estaba tal y como yo la recordaba, guapísima y resplandeciente, aunque en su cara se le notaba algo de cansancio. También a ella la veía con otros ojos después de este tiempo; me pareció más cercana, como si no nos hubiéramos separado desde que nos conocimos en el museo. No me la podía imaginar corriendo con una cámara al cuello por lugares inhóspitos rodeada de tipos armados y peligrosos.
Después de saludarnos muy calurosamente, les ofrecí un café que ya tenía preparado y nos sentamos en el salón.
–No me puedo creer que estéis aquí –comencé diciendo para romper un poco el hielo–. Anoche mismo te estuve viendo por televisión destruyendo un arsenal, ¿dónde era?, en Kosovo creo.
–Sí, en Prístina exactamente –me respondió–. Se trataba de un arsenal muy bien equipado que utilizaban las guerrillas albano-kosovares. La verdad es que no he podido descansar mucho, que digamos, pero ya habrá tiempo para eso. Tenemos mucho trabajo que hacer todavía. Supongo que te imaginarás por qué hemos venido.
–Pues no sé qué decirte. El plan que trazaste parece que va mucho más deprisa de lo que pensamos. Imagino que querrás seguir adelante con él.
–Por supuesto, pero primero dime una cosa, ¿qué ambiente se respira en la calle? ¿Cómo ves tú la situación con todo lo que ha pasado? –me preguntó.
–Podía ser peor. De momento, la mayoría de la gente parece que está encantada con todo esto. Supongo que también será por la novedad; has roto con la monotonía y el aburrimiento que existía hasta ahora. Todo del mundo tiene algo de qué hablar, ven las noticias con interés, disfrutan también al ver como los más poderosos pasan apuros.... En fin, la gente vive el día a día, pocos se paran a pensar en las consecuencias que les puede acarrear lo que está pasando.
»En los sectores más altos de la sociedad hay bastante caos. Aunque supongo que eso nos debe de importar poco, más o menos es lo que ya esperábamos, y esta gente tienen recursos de sobra para salir adelante.
–El primer objetivo que te propusiste no podía haber salido mejor –continuó diciendo Irene–. La violencia se ha reducido drásticamente en todo el mundo. En algunos países, como Irak o Somalia, todavía siguen produciéndose algunos atentados de vez en cuando, pero supongo que te encargarás de ellos en cuanto puedas. Nosotros tenemos algunos hombres trabajando en esas zonas, por si pueden averiguar algo.
»En cuanto a los países más desfavorecidos del tercer mundo, la organización de Yolanda está haciendo un trabajo increíble. Han aumentado por lo menos un doscientos por cien su capacidad de respuesta ante cualquier emergencia que se produzca. Mis compañeros que trabajan con ellos me informaron ayer que tienen ya controladas las epidemias de cólera que surgieron en Sudán, Angola y Zambia y la de meningitis de Etiopía.
»Tu presión sobre las compañías farmacéuticas también está dando resultado. Los antirretrovirales para el tratamiento del SIDA y el resto de vacunas están llegando sin problemas a todo el continente africano.
–Eso es bueno –dijo Santiago–. No hay nada como una buena amenaza para ablandar el corazón de la gente. Entonces, ¿vosotros pensáis que la mayoría de la población creen en mí como en el auténtico Dios?
–Yo creo –le respondí– que la inmensa mayoría de la gente quiere creer, pero me parece que aún es un poco pronto. Es normal que alberguen dudas todavía. De momento se limitan a contemplarte como algo grandioso e incomprensible que está ocurriendo, pero no se atreven mucho a posicionarse sobre si de verdad eres o no el Dios en el que antes casi todos creían sin cuestionárselo.
–Sí, es curioso –intervino Irene–; antes de tu aparición, millones de seres humanos creían en un hipotético Dios que algún día haría justicia con todos ellos, o al menos eso decían muchos, y sin embargo, llegas tú, les muestras tu poder infinito y les demuestras tus buenas intenciones y muchos todavía se resisten a creer. No entiendo qué más quieren.
–Ten en cuenta que en temas religiosos, como en casi todo, existe mucha hipocresía –le contesté yo–. Es muy fácil creer en un Dios que algún lejano día se encargue de hacer justicia, pero si viene este Dios ahora y nos pide que nos sacrifiquemos un poco en beneficio de los demás, la cosa cambia; de boca todos somos muy buenos.
–Es verdad –continuó Irene–. De todas formas, sí que hay mucha gente que creen en Santiago como su auténtico Dios. Sobretodo me han sorprendido los musulmanes. Ellos no han tenido ningún inconveniente en reconocer a Santiago como el Mesías de que hablan sus escrituras que llegaría algún día. Los cristianos y judíos están siendo mucho más reticentes, y eso que nuestra idea era emular más al Dios de la Biblia en el que éstos se supone que creen.
–Esta incredulidad no se debe a las creencias religiosas, Irene –dijo Santiago–; como ha dicho Pablo, el mundo está lleno de hipócritas, sobretodo entre los judíos y católicos, ya que sus creencias son muy superficiales, y ahora se está demostrando. Para los seguidores del Islam es más fácil creer porque ellos tienen menos que perder; la mayoría son gente humilde y muy devota y me ven como una posible respuesta a los cientos de plegarias que hacen todos los días. Lo mismo sucede en los países pobres; no sólo tienen poco que perder sino que además tienen mucho que ganar; también es fácil creer para ellos.
»En los países más desarrollados como el nuestro, es muy distinto, aquí sí que tienen mucho que perder, sobretodo algunos. Lo que demuestra que no estamos hablando de creencias religiosas sino de poder y riquezas. En eso consiste nuestro mayor reto, en hacerles ver a esta gente que la auténtica felicidad no se encuentra en el dinero ni en el poder sino en la vida sencilla, en el trato cordial con nuestros vecinos; como dice Pablo, en poder dormir todas las noches tranquilos, sin tener que preocuparnos constantemente por nuestra seguridad ni la de nuestra familia, sin que nos incordien las facturas ni las letras, sin que tengamos que temer por el futuro de nuestros hijos, que podamos salir a la calle sin miedo de que nos atropellen, nos insulten o nos asalten.
»Eso es lo único que yo pretendo y lo que les ofrezco a todo el mundo. Tan fácil y tan difícil al mismo tiempo.
–Estoy seguro de que tú lo conseguirás –le animé–. A las personas nos pasa lo mismo que a los niños, necesitamos que alguien con más autoridad nos ponga normas que nos guíe por el buen camino. El problema viene cuando esa autoridad no existe y nos dan una excesiva libertad, entonces, al igual que los niños, nos desmadramos y, aunque nos creamos inteligentes, no somos conscientes de lo que de verdad nos conviene. Pero en el fondo, todos estamos deseando que alguien con buen criterio nos diga, o más bien nos obligue, a hacer lo que es mejor para todos. Si os fijáis, las masas, que en la actualidad son las que lo dominan todo, no tienen criterio propio, éste les viene impuesto por organismos o instancias superiores muchas veces desconocidas, y siempre movidas por las ansias de poder; ¿por qué no podías convertirte tú ahora en esa autoridad superior? Sólo tienes que darles lo que demandan, o sea, seguridad y estabilidad en sus vidas. Por eso estoy seguro de que tu plan triunfará tarde o temprano.
–Sí, yo también lo creo, lo que me preocupa es el precio humano que haya que pagar para conseguirlo, ya que la situación es mucho más grave de lo que parece.
»Yo lo veo de la siguiente manera. Ahora mismo, la sociedad en la que vivimos es como una manzana medio podrida. En la manzana, la parte buena nunca podrá sanar a la podrida; más bien al contrario, es la parte podrida la que termina destruyendo también a la sana. La única forma de salvar esta parte buena es separándola de la mala, evitar el contacto de la una con la otra.
»En la sociedad ocurre lo mismo; lo malo siempre prevalece sobre lo bueno, por eso es tan difícil terminar con esta situación de corrupción y violencia en la que estamos metidos. Evidentemente yo no puedo ir por ahí matando gente por el simple hecho de que sean unos maleducados o porque no respeten a nadie o porque sean incapaces de educar a sus hijos como es debido. Y sin embargo son estas simplezas las que, con el tiempo, terminan degenerando a una sociedad entera llevándola al caos como nos está sucediendo ahora mismo.
–Y entonces, ¿qué tienes pensado hacer? –preguntó Irene–. No te puedes llevar toda la vida persiguiendo criminales como si fueras un superhéroe de cómic.
–No es mi intención desde luego; también a mí me gustaría descansar algún día. Lo que pretendo hacer es muy sencillo: poner normas. Esas normas que ningún gobierno se atreve a establecer porque no sería políticamente correcto o porque les harían perder muchos votos. Yo no tengo nada que perder y me da igual lo que la gente piense de mí; me trae sin cuidado si perjudico con ello a un amplio sector de la población. Lo único que nos tiene que preocupar es el bien común, que, a la larga, también será el bien propio de cada uno.
»Deben ser normas sencillas, de fácil ejecución, pero eso sí, su cumplimiento debe ser estricto y, por supuesto, igual para todo el mundo.
–¿Estás hablando de crear una especie de constitución universal o algo así? –interpuse yo.
–No exactamente. Eso ya existe, tenemos por ejemplo la carta de Derechos Humanos de las Naciones Unidas que podría servir perfectamente como constitución universal. A lo que yo me refiero es a algo más concreto, más puntual. Algunas leyes básicas enfocadas sobretodo en la educación de los más jóvenes. Como ocurre con la manzana, hay que intentar por todos los medios separar a los más pequeños de las malas influencias que en la actualidad dirigen lo que será su futuro comportamiento.
–Ya entiendo –intervino esta vez Irene–. Lo que pretendes es implantar un sistema educativo igual para todos donde prevalezcan los valores y virtudes que se están perdiendo actualmente.
–Algo así, sí –continuó Santiago–. Pero hay que ir más allá. Eso no sería suficiente si seguimos rodeados de violencia por todas partes, aunque ésta sea virtual o ficticia; recordad que los niños aprenden imitando lo que ven. De nada sirve que le enseñemos que la violencia no conduce a nada bueno, si después llega a su casa y se pone a jugar con un videojuego en el que el protagonista utiliza esta violencia indiscriminadamente, sin perjuicio ninguno para su persona, o lo ve en alguna película por televisión o en el cine.
–Ahora comprendo cuando decías lo difícil que iba a resultar –dije yo–. Para evitar eso, habría que educar primero a todos los padres, y ya hemos podido comprobar de sobra que la concienciación a través de los medios de comunicación no sirve de mucho. Por otro lado, si prohíbes esos tipos de juegos y películas, se creará una mercado ilegal que podría ser más peligroso, eso sin contar con Internet, que es algo que está al alcance de cualquiera.
–Gracias por recordármelo, pero ya sé todas las dificultades con las que me voy a encontrar. Como os dije un día, ante problemas graves, soluciones drásticas; por desgracia no hay otro modo.
»Lo primero que habría que hacer, aunque no nos guste, sería prohibir la creación de nuevos juegos y películas donde se utilice la violencia de forma gratuita y sin consecuencias. Ya sé que me vendrán diciendo que suelen estar bien etiquetadas para mayores de dieciocho años, pero como ya hemos visto que eso no funciona, hay que atajar el problema de raíz. Las multas por el incumplimiento de ésta o cualquier otra norma deben ser muy severas, es la única manera de que las compañías las tomen en serio.
»Otro de los grandes problemas con el que me gustaría acabar sería el de la manipulación tan salvaje a la que estamos todos sometidos diariamente, y en particular, también la que va dirigida a los niños.
–¿Te refieres a la publicidad? –interrogó Irene incrédula.
–Pues sí; no crees que sea capaz de llegar tan lejos, ¿verdad? Esa es mi intención y estoy dispuesto a hacer todo lo que sea necesario para conseguirlo.
–Pero, ¿tú eres consciente de la cantidad de dinero que mueven las empresas de publicidad todos los días? –volvió a inquirir Irene–. Además, no sólo eso, estas empresas también se encargan de financiar a otras muchas, como a revistas, periódicos, cadenas de televisión, clubes deportivos... Esta medida produciría una reacción en cadena que nadie sabe a donde podría conducir.
–Bueno tampoco sería necesario ser tan estrictos; podríamos simplemente limitarla a determinados ámbitos. A mí sólo me interesaría eliminarla de las televisiones y las calles que es desde donde actúan con mayor impunidad. Soy consciente de lo que esto supondría para muchos medios de comunicación, pero estoy seguro de que saldrán adelante sin problemas, tan sólo tendrán que fijar las prioridades y hacer las regulaciones que sean necesarias, no creo que se acabe el mundo por ello.
–En cuanto a la propaganda, eso está muy bien –interrumpí yo–, pero sabes de sobra que ésa no es la única manipulación con la que nos avasallan continuamente. ¿Qué me dices de los partidos políticos?
–También había pensado en ellos. Tengo algo en mente que no creo que les entusiasme mucho. A ver qué os parece. Cuando se acerquen unas elecciones, cada partido deberá hacer público su programa por escrito, con las reformas que tengan pensado llevar a cabo o con cualquier idea que se les ocurra, de manera que esté al alcance de todo el que esté interesado en consultarlo. Y esa será toda la campaña electoral. Nada de mítines ni de apariciones televisivas en donde todos dicen lo que saben que la gente quiere escuchar, ya que son verdaderos especialistas en eso, de hecho, tal y como está hoy en día la política, es lo único que tienen que saber hacer, convencer a la gente, y lo hacen muy bien.
»Si os fijáis, en la actualidad, la única virtud de la que tiene que hacer gala un buen político para llegar a lo más alto, es la dialéctica, entendiendo como tal al arte de dialogar, discutir y argumentar, que nada tiene que ver con la que nos describía Platón; para éste, la dialéctica era más un proceso intelectual, el cual, a través del significado de las palabras, permitía llegar a las realidades transcendentales del mundo inteligible. Pero nuestros políticos de hoy, poco entiende de esto, y con el sólo conocimiento del uso de la palabra no se puede gobernar un país; éste necesita algo más.
–Los políticos de hoy no practican la dialéctica sino la demagogia –puntualicé yo–. Ya lo dijo Ortega y Gasset, los demagogos han sido los grandes estranguladores de civilizaciones.
–Literalmente dijo –me interrumpió Santiago haciendo gala de su excelente memoria–: “La primera condición para un mejoramiento de la situación presente es hacerse bien cargo de su enorme dificultad. Sólo esto nos llevará a atacar el mal en los estratos hondos donde verdaderamente se origina. Es, en efecto, muy difícil salvar una civilización cuando le ha llegado la hora de caer bajo el poder de los demagogos. Los demagogos han sido los grandes estranguladores de civilizaciones. La griega y la romana sucumbieron a manos de esta fauna repugnante, que hacía exclamar a Macaulay: `En todos los siglos, los ejemplos más viles de la naturaleza humana se han encontrado entre los demagogos`. Pero no es un hombre demagogo simplemente porque se ponga a gritar ante la multitud. La demagogia esencial del demagogo está dentro de su mente y radica en su irresponsabilidad ante las ideas mismas que maneja y que él no ha creado, sino recibido de los verdaderos creadores. La demagogia es una forma de degeneración intelectual.”
»Como veis, Ortega y Gasset apoyaría esta medida que pretendo llevar a cabo.
–Supongo que esa medida también incluirá la cantidad de panfletos y carteles propagandísticos con que inundan las calles los días previos a las votaciones –comentó Irene–. No entiendo como, en los tiempos que vivimos, puede haber gente todavía que piense que un cartel mostrando una cara sonriente y una frase diciendo “Somos los mejores”, puede convencer a alguien.
–Todo eso se tiene que terminar. Estoy seguro de que a la segunda o tercera legislatura como mucho, todos los programas electorales serán prácticamente iguales. Además también pretendo que exista un organismo, que podría incluirse en el judicial, al que se pueda acudir en caso de incumplimiento de alguna de las propuestas electorales que el partido ganador incluyese en su proyecto.
»No sé el resultado que dará todo esto, supongo que habrá que ir depurándolo sobre la marcha, pero estoy seguro de que a la mayoría de la gente le gustará la idea.
–Sí, todo el mundo empiezan a estar ya hartos de que les engañen. Esa medida será acogida de muy buen grado por parte de los ciudadanos. Ojalá sirva también para conseguir un poco de consenso entre los distintos partidos y dejemos de verlos riñendo vergonzosamente como si fueran niños en el patio del colegio –argumenté yo–. Quién sabe, igual conseguimos que desaparezcan con el tiempo las posturas más radicales y extremistas que tanto daño hacen a la sociedad.
–Bueno, bueno, no corramos tanto; quizás nos estemos haciendo demasiadas ilusiones –dijo Santiago–. Si queremos conseguir algo será mejor que nos pongamos a trabajar cuanto antes y no nos durmamos en los laureles.
»No te lo he dicho todavía, Pablo, pero el motivo de nuestra visita es que he convocado para la próxima semana una reunión en Ginebra, en la sede europea de las Naciones Unidas, con la Asamblea General, es decir, con todos los países del mundo, prácticamente. El objetivo como te puedes imaginar, será el exponerles todas estas medidas de que estamos hablando y otras más que me han apuntado algunos de mis colaboradores. Como hicimos la otra vez con mi mensaje de presentación, ahora tenemos que redactar el discurso que pronunciaré ante los representantes de todas las naciones del mundo.
–Ya me supuse que algún día llegaría este momento –le expuse–. Me imagino que tendrás en mente algún programa que seguir.
–A parte de lo que ya hemos comentado aquí, sólo habría que incluir algunas cosas más, como por ejemplo, el uso colectivo de las fuerzas armadas, aunque ya no se les puede llamar así; o el aumento de competencias del Tribunal Internacional de Justicia. Hay que tener en cuenta también que será televisado en directo.
»Haremos una cosa, como ya es tarde y no me puedo quedar mucho más tiempo, te haré una lista con todos los puntos a tratar y tú te encargarás de redactarlo. Dentro de un par de días volveremos a vernos y lo ultimamos entre los dos, ¿qué te parece?
–Como tu digas –le contesté–. En un par de días lo tendrás listo sin problemas.

Una hora más tarde, nos despedimos de Santiago, que se marchó a toda prisa. Irene quiso quedarse conmigo, lo cual me produjo una gran satisfacción. Se ofreció a ayudarme con el discurso, después de que saliéramos a comer algo en un restaurante cercano.

lunes, 26 de mayo de 2008

Capítulo Quince

Habían transcurrido ya algo más de dos meses desde el primer mensaje en Tel Aviv. En general, la situación mundial no era tan mala como cabía esperar después de los acontecimientos sufridos en este tiempo.
Se podían distinguir claramente dos situaciones totalmente contrapuestas. Una de ellas correspondía a los países del tercer mundo menos desarrollados y a aquellos que anteriormente estaban sumidos en guerras y demás conflictos violentos producidos por divisiones internas o invasiones externas. En estos países, donde la mayoría de la población era gente pobre y humilde, la situación había mejorado enormemente. Gran parte de este logro correspondía a la organización Hospitales sin Frontera que, una vez que Santiago les había despejado el camino de corrupción y violencia, pudieron llegar sin problemas a muchos lugares a los que antes les resultaba muy difícil, haciéndoles llegar muchos recursos vitales a los que no habían tenido acceso hasta ahora, como son el agua potable, medicamentos, alimentos y todo tipo de ayuda sanitaria y de infraestructura.
También había que agradecer la “colaboración” prestada por la mayoría de países desarrollados, después de que Santiago les hiciera una visita, aportando a esta organización grandes sumas de dinero además de su personal militar para ayudar en todo tipo de labores.
En estos lugares, donde hasta ahora imperaba la injusticia, la violencia y la miseria, la calidad de vida había aumentado considerablemente, con lo que la población se mostraba muy agradecida con la aparición de Santiago. Todavía existían pequeños grupos armados en algunos lugares que habían conseguido mantenerse ocultos, pero poco a poco, y con la ayuda de sus colaboradores que continuamente estaban informándole de los pequeños problemas que iban surgiendo, Santiago fue acabando con todos ellos.
La otra situación a la que hacía referencia antes, era la que se encontraba en los países más ricos y desarrollados. En éstos, la población estaba mucho más dividida, aunque aún era pronto para conocer todas las repercusiones que traerían consigo los cambios que Santiago pretendía hacer. De momento, los únicos que estaban sufriendo las consecuencias eran aquellos que debían sus fortunas a la poderosa industria armamentística, que no eran pocos, y a los comercios ilegales y abusivos. Por supuesto, también todos aquellos que realizaban actividades delictivas como son el narcotráfico, la pornografía o el comercio de seres humanos. La extensa red de colaboradores que Santiago poseía por todo el mundo hacía que éste se mantuviera constantemente ocupado desmantelando por cualquier parte del planeta pequeños o grandes grupos de mafiosos que se dedicaban a estas operaciones ilegales.
También en estos países estaban proliferando las pequeñas bandas de delincuentes y las bandas callejeras que hacían de la violencia su vida. Estos grupos, la mayoría bien armados, estaban aprovechando la situación tan caótica y de crisis por la que pasaban los distintos gobiernos, para intentar hacerse con el poder en las calles, imponiendo sus propias leyes ya que, por otro lado, no conocían otro medio de vida. Era imposible para Santiago controlarlos a todos, a pesar de que hacía todo lo que podía; lo que hizo fue dar carta blanca a las distintas autoridades para que utilizaran mano dura con esta gente, siendo los únicos que, de momento, podían utilizar armas de fuego mientras la situación no estuviese más estabilizada.
Gracias a esta medida, la gente empezó a sentirse pronto más segura y esto les llevaba también a comportarse con mayor rigor ante la ley haciendo que las ciudades se convirtieran poco a poco en lugares donde se podía vivir mucho más tranquilo que antes.
Uno de los mayores problemas que había surgido para el ciudadano medio era la subida de precios que habían experimentado casi todos los sectores, debido a la caída de las bolsas y a las ansias de amasar dinero que estaba sufriendo gran parte de la población, movidos seguramente por la incertidumbre de las consecuencias de todo lo que estaba ocurriendo en el mundo. De momento, eso era algo que no le preocupaba mucho a Santiago; el tiempo se encargaría de estabilizar el comercio.
Con respecto a los distintos gobiernos de estos países, independientemente de que creyesen o no que Santiago fuese el auténtico Dios que decía ser, se mostraban bastante sumisos y cautelosos. Después de las muestras de poder que éste había dado en Israel, China y Estados Unidos, ninguno se atrevía a llevarle la contraria, llevados más por el miedo que por la fe; muchos de ellos incluso parecía que habían recobrado el sentido común y colaboraban sin ningún tipo de coacción en todo lo que impuso Santiago en el mensaje de Tel Aviv.
Había llegado la hora de continuar con el plan de nuestro Dios. Ahora es cuando venía lo más difícil, lo que marcaría el éxito o el fracaso de nuestro proyecto, la implantación de unas pautas de comportamiento a seguir por todas las naciones del mundo. Este era el verdadero reto de Santiago y lo que le demostraría la auténtica fe y confianza de la gente hacia él.

lunes, 19 de mayo de 2008

Capítulo Catorce

Durante este mes, Santiago se pasó por todos los continentes del globo. Acabó con decenas de contiendas que llevaban muchos años sin solución. Hizo desaparecer por los aires toneladas de armamento de todo tipo. Mató a cientos o miles de personas que no quisieron enterarse que con la violencia ya no podrían conseguir nada. También les dio una segunda oportunidad a otros muchos que estaba seguro sabrían aprovechar. En general, había mucha gente asustada y, otras muchas, esperanzadas.
La mayoría de países se encontraban sumidos en una crisis económica sin precedentes. Todas las bolsas del mundo habían caído en picado. En estos momentos de incertidumbre, nadie se atrevía a invertir en nada, temiendo lo peor; muy al contrario, todo el mundo se preocupaba nada más que de acumular lo máximo posible en espera de tiempos duros.
En parte, tenían razón, ya que lo peor estaba aún por llegar. Había concluido el plazo de tiempo que Santiago dio a todas las naciones del mundo para deshacerse de toda la industria armamentística y destinar recursos, tanto humanos como económicos, para la ayuda humanitaria en países del tercer mundo. Al parecer, él había cumplido su parte del trato y había demostrado de sobra que era capaz él solito de encargarse de la seguridad mundial.
Ahora les tocaba a ellos, a los poderosos ¿serían capaces de cumplir las exigencias de Santiago? Y en caso contrario ¿actuaría éste tal y como lo había hecho con los insurgentes radicales?
Por lo que me había contado Irene, hasta ahora no habían hecho mucho que digamos. Tan sólo algunos países en donde esta industria no era muy influyente para su economía, habían cumplido en parte su compromiso, pero la mayoría, los más poderosos por cierto, apenas habían cerrado unas pocas fábricas sin importancia. De nuevo Santiago volvió a dar muestra de su contundencia atacando allí donde más afectaría.
El primer país que visitó fue el más poderoso de todos, los Estados Unidos de Norteamérica. En esta ocasión, sus actuaciones eran más discretas pero igual de efectivas. Se presentaba de noche en la fábrica, cuando menos personal se encuentra trabajando en ella; primero les hace salir a todos y, cuando se asegura de que el recinto está vacío, hace que el edificio se venga abajo por completo, no dejando ni un solo ladrillo en pie.
Primero comenzó con todos aquellos que estuvieran relacionados con la construcción de armas nucleares. Tan sólo en una noche acabó con más de veinte complejos completos dedicados a este tipo de armamento. En uno de ellos se permitió el lujo de mandar un mensaje a través de las cámaras a todas las naciones del mundo. En él les advirtió que si no colaboraban en la desmantelación y destrucción de fábricas, no tendría ninguna compasión con los responsables políticos y administrativos de las mismas. Supongo que lo que pretendía era que le ahorraran un poco de trabajo ya que la lista que tenía de estas instalaciones era interminable.
El mensaje hizo efecto enseguida. Estaba claro que la vía de la amenaza era la más efectiva. A la gente le preocupa más su integridad física que su bolsillo, así que no tardaron en comenzar a cerrarse y demolerse fábricas por todo el planeta.
Aún así, Santiago no tenía descanso. Existían muchas instalaciones clandestinas, algunas de ellas con el beneplácito y consentimiento de los gobiernos, así que nuestro héroe seguía recorriéndose el mundo entero en su particular lucha contra todo lo que representaba un peligro para la humanidad. En uno de estos ataques, después de quince largos días demoliendo edificios, lanzó otro mensaje a los líderes mundiales; les recordó el desarme de los ejércitos. Avisó de que no tendría piedad con ningún soldado o ciudadano que portase algún arma de fuego y que si no colaboraban también en la destrucción de todo tipo de arma, que no fuera antidisturbios, actuaría igual que con las fábricas.
Tampoco en esta ocasión estaban dispuestos a ponerles las cosas fáciles a nuestro hombre algunos gobiernos. En la mayoría, sí que dio resultado el aviso, procediendo a la destrucción de todo tipo de armamento militar y civil.
El estado más rebelde resultó ser Israel. Los judíos se negaban a aceptar a Santiago como su nuevo Dios; para ellos sólo era una amenaza a la que tenían que combatir. A pesar de haber comprobado como sus irreconciliables enemigos, los palestinos y demás países musulmanes que les apoyaban, se habían desarmado y abandonado la violencia, seguían siendo incapaces de reconocer que la lucha armada había terminado y ya no tenía razón de ser. No podían concebir cómo su Dios podía ser el mismo que el de sus enemigos, demostrando con esto una total incomprensión de la Biblia y de sus escrituras sagradas. Ni que decir tiene que tampoco estaban dispuestos a retirarse de los territorios que tenían que devolver a sus vecinos. No sólo no abandonaban las armas sino que tampoco ningún habitante se movería de su casa sin luchar antes.
Esta gente consideraban una derrota el abandonar los territorios ganados por la fuerza. Según ellos, estas tierras les pertenece por derecho propio ya que su Dios se las entregó a ellos hace miles de años y, después de tanto tiempo, aún seguían considerándose el pueblo elegido por el único Dios. ¿Elegido para qué? les preguntaría yo.
La cuestión es que fue aquí, en Israel, donde Santiago tuvo que entregarse con más fuerza y contundencia haciendo de tripas corazón en muchas ocasiones debido al fanatismo de la mayoría de hebreos, que no se rendían ni siquiera ante la evidencia de la superioridad de Santiago ni ante las amenazas de éste. Necesitó hasta tres días para recorrer todo el país desarmando a todo su ejército, destruyendo arsenales, acabando con la vida de muchos de ellos más radicales; incluso le llegaron a disparar con misiles antiaéreos, obligando a Santiago a mostrar sus poderes en toda su magnitud. En mi vida había visto a ninguna nación luchar con tanto ímpetu y tanta obstinación contra un enemigo al que sabían de sobra que no podrían vencer.
Tanta era la ofuscación de esta gente, que Santiago tuvo que darles un ultimátum muy duro. Se presentó ante el gobierno y les dio tres meses de plazo para abandonar por completo y pacíficamente todas las tierras que no les pertenecían, de lo contrario, él mismo lo haría por la fuerza, acabando con todos aquellos que se encontrasen en ellas para después eliminar también a los responsables del gobierno que no hubiesen querido acatar sus órdenes.
No fue nada fácil, pero al final consiguió su objetivo. Él sabía que esta era una parte muy importante de su plan de paz y no estaba dispuesto a que se lo echaran a perder cuatro fanáticos religiosos.
Esta lucha particular también sirvió de ejemplo y de aviso para otros países más reticentes. Santiago demostró con creces de lo que era capaz y de hasta donde podía llegar si le desobedecían.
Después de esto, los países que más resistencia opusieron fueron China y los Estados Unidos, en donde nuestro hombre tuvo que volver a mostrarse implacable. En esta ocasión no eran los ciudadanos de a pie los que se oponían sino sólo aquellos que ostentaban el poder, por consiguiente, en ambas naciones se vio obligado a eliminar a varios integrantes del gobierno y colocar en sus puestos a personas elegidas por él mismo.
En el resto del mundo todos se rindieron ante el poder y la imparcialidad de Santiago, algunos por miedo y otros con total devoción ante el que consideraban el único y auténtico Dios de todos los hombres. A fin de cuentas, antes de su aparición, millones de personas creían ya en su existencia sin haberlo visto jamás, tan sólo conociéndolo por antiguos escritos de dudosa procedencia o basándose en indemostrables revelaciones de otros seres humanos a lo largo de toda la historia de la humanidad. Es cierto que aún seguían existiendo mucha gente incrédula que no podían comprender nada de lo que estaba sucediendo, pero, ante la evidencia, no encontraban argumentos coherentes que les pudieran explicar todo lo que estaba pasando, así que terminaban rindiéndose ante la realidad que les había tocado vivir proponiéndose, simplemente, no hacer preguntas que no pudiesen contestar.
Yo mismo, me supuse, que sería uno de estos últimos si no llega a ser porque Santiago me eligió para ser su biógrafo, de lo cual me alegro enormemente. Gracias a esto, no sólo me he ahorrado muchos calentamientos de cabeza inútiles, sino que además me ha permitido disfrutar con locura de todos estos acontecimientos que estoy viviendo.